Especial Piano Magic (Primera Parte)

Llevo meses intentando empezar este artículo. Quería repasar, de alguna manera, la trayectoria de uno de los grupos que más me ha atrapado recientemente. Quería hacer una retrospectiva de Piano Magic aprovechando que el pasado 2012 salía al mercado su duodécimo disco de estudio, aprovechando también ese cierto desconocimiento en el que siempre han vivido. Pero, aunque no sea imposible, se hace difícil hablar de aquello que no se puede describir. Porque, ¿con qué palabras definir un río, que fluye y fluye, nunca igual, esquivando el ser igual?

Ya de entrada, la composición del grupo es del todo anómala. Originalmente formado por Glen Johnson, Dick Rance y Dominic Chennel como “proyecto de dormitorio”, un supergrupo à la This Mortal Coil donde todo el mundo estaba invitado a entrar, participar y marcharse. Esto da lugar a un estilo musical profunda y orgullosamente intangible, inasible por cualquier descripción prototípica, que tontea con el postrock y Kraftwerk, con el shoegaze y con el neofolk, con el pop barroco y la electrónica experimental. ¡Dentro del mismo disco! ¡De la misma canción!

Como resultado no sale música, no. Esto hay que dejarlo claro. Esto es más bien un estado de ánimo, una colección de estados de ánimo, cambiantes, malhumorados y alegres, pero sobre todo, rebosantes de una melancolía única y dinámica, una melancolía duradera y profunda. No es fácil acercarse a Piano Magic  buscando música, buscando un lugar, porque no la hay y no lo hay. Es algo dinámico, móvil, fugaz, pero permanente, etéreo y concreto. Me decían el otro día que son un grupo para gente con sentimientos y yo no sé si se puede no tenerlos, pero sí que sé que se puede no buscarlos. Piano Magic es un río que pasa por delante, siempre bajo el auspicio de Glen Johnson, que busca esas emociones pero nunca con el mismo aspecto. Aunque siempre sea el mismo íntimo y otoñal río.

Piano Magic

La foto es de jackdiablo.

Empecemos por el principio. Y el principio es, sin ser muy rigurosos, el Popular Mechanics de 1997. Supuestamente dedicado a explorar el punto de vista infantil sobre la experimentación musical, en él se recogen melodías sencillas, trazadas con bases electrónicas y sonidos comunes y se pueden encontrar referencias claras a Kraftwerk en temas como Freckled Robot. De él me interesa esa sutil e imparable vorágine creada a partir de Revolving Moth Cage, mi corte favorito del disco, y que acaba por generarme un interés desmedido que me lleva a volver a escuchar una y otra vez esas seis pistas finales.

Mi puerta de entrada al grupo fue el Low Birth Weight. A los que nos gusta esto de revolver en las estanterías, internet nos ha puesto las cosas muy fáciles. Menos divertidas, sí, pero muy fáciles. Y yo, que nunca he buscado grupos buenos sino grupos que me intriguen, pues he acabado obsesionándome con cosas muy dispares. Una de ellas es este disco, en el cual comienza el progresivo abandono de la electrónica y lo experimental, para acercarse a mundos más ambientales y más postrockeros. Se caracterizan este y su continuación, Artists’ rifles, por ser trabajos sutiles, a veces mínimos, ligeros, pero con aproximaciones a una contundencia más, se podría decir, adulta que en los inaugurales de la banda. Antes, A Trick of the Sea se sitúa como una introducción a ellos, con dos temas largos de, por aquel entonces, una majestuosidad prometedora. La sencillez, en cambio, es una de las principales virtudes de este Low birth weight, en el cual como cortes de especial interés destacaría dos por encima del resto. En primer lugar Not fair, que se inicia con unas bonitas palabras de la escritora dominiquesa Jane Rhys sobre la imposibilidad de ser feliz, al menos durante períodos prolongados de tiempo y que recalca esa idea de melancolía aceptada e inevitable siempre presente en la música de Piano Magic. También destacaría Waking up, que entremezcla una guitarra típicamente postrockera con un sampleado de percusion monótono y con un ligero aire tribal, dando como resultado un final de disco que entronca a la perfección con lo que vendría a continuación. El disco es, además, uno de los primeros lanzamientos de Rocketgirl, discográfica londinense conocida por, entre otros, dar acogida a God Is An Astronaut.

Por su parte, y pese a pertenecer al mismo estilo que su predecesor, el Artists’ Rifles tiene sus propias características. Para empezar, se trata de un disco conceptual sobre la correspondencia entre un soldado y su amante durante la Primera Guerra Mundial. Musicalmente, pese a que parece evocar -y evoca- sensaciones similares, también plantea una especie de juego en clave neofolk-martial, géneros habitualmente asociados al resurgimiento de la extrema derecha más cercana al paganismo y al nacionalismo étnico a lo largo de los 90. Este juego nace ya desde su misma concepción, situando la acción durante la IGM, hasta pasar por su portada de aire militar y sus estructuras musicales, dominadas por ritmos de percusión lenta y ambientación -conocidos los antecedentes del grupo- solemne. Mi interpretación es que, de algún modo, intenta redefinir los códigos de este subgénero relocalizándolos fuera del contexto al que se refiere. Mi sensación es que el resultado demuestra un éxito rotundo. Evidentemente, ambas cosas pueden estar equivocadas. A destacar la trágica letanía que es No closure y la melodía, ya sí, completamente postrockera de Passwords.

Dicen que Bigas Luna escuchó en una tienda de discos una canción, no dicen cuál, del Low birth weight y pensó que la banda era la más apropiada para musicar Son de mar. La película, de la que apenas recuerdo alguna escena de sexo entre Leonor Watling y Jordi Mollá está muy relacionada con el mar, o con la concepción que mucha gente pueda tener de él. Esto es, la película está muy relacionada con cálidas tardes de verano apoyados en un alféizar mirando al Mediterráneo. A los que somos de océano, violento y frío, esta idea nos cae lejos, pero hay que destacar que los seis cortes de la banda sonora nos transportan exactamente a ese lugar del que hablaba. Y de esto iba el trabajo. La banda sonora acabó por ser su único trabajo dentro de la estructura de la, hoy en día, aclamada discográfica 4AD.

De nuevo con Rocketgirl y aprovechando el cierto tirón que había generado el grupo en los años anteriores, se publicó un doble disco de rarezas y caras B que lleva por nombre Seasonally Affective, especialmente indicado para aquellos que les apetezca indagar en sonidos y colaboraciones que Piano Magic realizó a finales de los 90.

Probablemente sea el Writers Without Homes su disco más controvertido. Por ejemplo, es el único que suspenden en allmusic.com, tachándolo, en pocas palabras, de ser poquita cosa. Yo sí lo noto un pelín afectado, como asentado sobre un artificialidad inédita en la trayectoria de este grupo tan particular, aunque su cierta intrascendencia me conquista por momentos. Por ejemplo, donde yo veo un arranque de soberbia contundencia en (Music Won’t Save You From Anything But) Silence otros ven en este despliegue de casi 7 minutos de postorck canónico (que imagino que tendrá buen acogida por estos lares) una vacuidad comparable a la de Rat Salad. Y lo veo soberbio porque esa vacuidad está implícita en el mismo título de la canción, que merece la pena pararse a escuchar. También incluye el disco la colaboración de la cantautora folk inglesa Vashti Bunyan en la destacable Crown of the Lost.

Para no sobrecargar con un texto demasiado largo, queda pendiente una segunda parte de este especial sobre Piano Magic para la próxima semana. Espero que este repaso por su trayectoria sirva para acercarse a una formación que, quizás por anómala, me ha resultado particularmente interesante. Y sabed que tenéis todos los discos de los que aquí os he hablado en Spotify para echarles unas vueltas.

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